lunes, 6 de octubre de 2008

La leyenda del Cachudo



Por: Dennis Flores Sifuentes.

La hinchada esperaba con ansias el clásico chimbotano en el Manuel Gómez Arellano. Era una tarde soleada de aquel diciembre de 1972. En las graderías de la tribuna norte, las arengas del gordo Adrianzén levantaban a la barra naranja, mientras en la sur, el “Cojo Talara”, acompañado de una banda de músicos, alentaba con alegres cánticos la salida del cuadro de la franja.

Salían los árbitros al centro del gramado, cuando un tipo con una camiseta naranja sujetando dos cuernos sobre su cabeza, salto al campo, seguido de otro, con capa de torero, e iniciaron una parodia de corrida; y mientras la banda de músicos de la barra galvista imponía un ritmo de paso doble, un burlesco pase de verónica fue acompañado por los oles que la delirante fanaticada coreaba.

Cuando los equipos saltaron al gramado, una lluvia de cuernos literalmente voló desde las manos de los hinchas galvistas por encima de las cabezas de los jugadores siderúrgicos. “¡Cachudos!” era el insulto galvista y salía de la boca del “Cojo Talara” y que en ese momento les supo muy mal a los jugadores naranjas, en especial a los barristas siderúrgicos, con “Tatán” (apodo con el que se conocía a Adrianzén) al mando.

Los jugadores se limitaron a lanzar a patadas los objetos fuera del campo. Alguno de ellos se limitó maldecir el vergonzante apelativo legado por el autodenominado “Toro”, a quien por dárselas de Tenorio le fue aplicada la Ley del Talión en su propia casa.

Contaban las malas lenguas que algunos años atrás, un fornido trabajador siderúrgico conocido como el “Toro” era muy popular entre sus allegados por su gran éxito con las mujeres y su imprudente afán de vanagloriarse de cada conquista que hacía. No obstante, tamaña imprudencia se hacía más evidente cada vez que caía bajo el influjo del licor, pues solía contar a sus allegados la identidad y detalles muy íntimos de sus ocasionales parejas entre las que incluía a las esposas de sus propios compañeros de trabajo, cuando éstos se quemaban las entrañas en los hornos siderúrgicos.

La fama y el rumor corrieron y de algún modo llegaron a casa del “Toro”. Cansada de tamaña desvergüenza, su esposa decidió tomar justicia por su mano y no tuvo mejor idea que invitar a su propia cama a cuanto fervoroso compañero de trabajo llevase a casa el donjuanezco siderúrgico y coronarle la cabeza con dos fabulosos cuernos, que a la postre se harían legendarios.

Como los hechos transcurrieron en una de las entonces bonitas casas ubicadas frente al actual Vivero Forestal, sus compañeros rebautizaron al “Toro”, como el “Cachudo”, dizque en mérito al incumplimiento con su patrona, en el ring de las cuatro perillas, había obligado a ésta a buscar “Toros” más vigorosos. La zona de tan pecaminosos combates también fue rebautizada y pasó a ser llamada como “Cuernavaca”, a disgusto de todos los compañeros del Complejo Siderúrgico, y demás moradores de la zona.

Con el transcurrir del tiempo, el escarnio encontró eco y empezaron a circular rumores sobre casos similares en otras viviendas de la misma “Cuernavaca” y esta denominación se hizo famosa. Los traviesos espíritus aseguraban que esta “Cuernavaca” competía de igual a igual con la “Salamanca” de Nuevo Chimbote, la otra plaza de astados moradores, cuyas cornamentas eran motivo de pesadísimas bromas, y que en más de una ocasión llegaron a pintar de rojo las crónicas policiales de la época del boom pesquero y siderúrgico.

En primera instancia, pese al comportamiento revanchista de los Cuernavaquenses, de la infamia se pasó a la vergüenza, luego al escándalo público y finalmente tomó visos de leyenda. Con el tiempo la aplicación del término “Cachudo” dado al trabajador siderúrgico se hizo famoso e indiscriminado. Desde entonces, justos pagaron por pecadores, y todos, sin excepción, tuvieron que resignarse al apelativo.

Con este precedente nos situamos nuevamente en el escenario del clásico chimbotano, donde la barra galvista continuaba burlándose del equipo naranja, coreando el “Cachudo”, a modo de insulto, cada vez que el balón era dominado por sus rivales.

Luego de un desastroso primer tiempo, durante el cual el equipo de la franja se había colocado un gol arriba y pasado del dominio puro del balón a un humillante camotito, vitoreado con oles por la barra galvista; la rabia despertó la típica garra siderúrgica. Y mientras “Tatán” Adrianzén acusaba a la antecesora familiar del “Cojo Talara”, de ser la culpable de los cuernos siderúrgicos, la oncena naranja empató el marcador y en los descuentos le puso el gol del triunfo, con sabor a revancha.