Por: Dennis Flores Sifuentes
Transcurría 1974. Se vivían tiempos de dictadura militar, y se habían elevado la exigencias de rendimiento al 100% de las facultades de cada trabajador siderúrgico, obligandolo a laborar en turnos de 16 horas, sin el alumbrado necesario en los parques de almacenamiento de los productos semiterminados.
Estas tinieblas se acrecentaban más en este lugar, por estar rodeado de un bosque de pinos y eucaliptos que le daban un panorama tétrico, en especial de noche.
Este era el caso del Parque de Palanquillas de la Planta de Laminación No Planos, como también los vestuarios y servicios higiénicos que a menudo eran utilizados por los servidores de Taller Mecánico y todos los trabajadores de las líneas de producción directa de los Trenes laminadores.
Eran dos compañeros de labores del TAME sumamente estresados y aburridos, ya que sus jefes los obligaban a laborar de pie las 16 horas. Ya casi daban las 12 de la noche, y decidieron replegarse a cenar juntos. Para tal fin, caminaron hasta sus casilleros a compartir un suculento caldo de gallina con un café muy caliente.
Pasada la medianoche, emprendieron el regreso bastante satisfechos y tranquilos. En ese ínterin, uno de ellos recordó haberse olvidado en el casillero su pie de rey y su micrómetro, por lo que regresó al vestuario. La necesidad de recuperarlas era mayor que su miedo a la oscuridad y el silencio de la noche.
Después de mirar a todos lados, se internó en el vestuario y recogió sus herramientas. Al retirarse sintió un escalofrío y al levantar la mirada se encontró entre los brazos de un espectral monje franciscano que lo cubrió con su hábito por lo que cayó desmayado.
Algunos minutos más tarde, el Supervisor de Turno, ingresó al vestuario, con el objetivo de llamarle seriamente la atención por su tardanza. Grande fue su sorpresa al encontrar al trabajador en estado inconciente, sobre la loza. Tenía espuma en la boca y la mirada extraviada.
Desesperado corrió al Taller para pedir ayuda y trasladarlo a la enfermería. No podía hablar. Sus ojos, desorbitados, manifestaban un terror extremo. Pasados algunos minutos se recuperó y pudo contar con lujo de detalles lo que le había ocurrido.
Cuenta que al acercarse al vestuario, observó que del bosque en lo que hoy es el Taller de Ferroviarios, ubicado en medio de la espesa baldosa llena de hineas, pinos y eucaliptos, salió un bulto de color marrón al cual no dio importancia, pero ya en el vestuario pudo verlo al haberse posesionado en la puerta de ingreso, divisándolo y describiéndolo como un monje de hábito marrón con un cordón al cinto, con sandalias y una capucha que salía del mismo uniforme que vestía, mas no pudo distinguir su rostro, quien se le acercó y no pudo resistir tal impresión, perdiendo así el conocimiento.
Esta noticia se difundió como reguero de pólvora por toda la Planta de No Planos y todo el complejo siderúrgico, dando lugar a que los trabajadores tuvieran mayor cuidado en ingresar solos a estos lugares. Con el correr de los días, meses y años, fueron otros trabajadores quienes también han confesado haberse topado con el extraño personaje junto al el bosque, en medio de la oscuridad de la noche.