miércoles, 20 de octubre de 2010

El viejo soldador

Por Dennis Flores

El grito, agónico y desgarrador, nos sobresaltó. Apagué el soplete y me asomé a la cubierta, sin embargo sobre ella solo se veían rostros desencajados. Algunos tripulantes corrían hacia babor.

- ¡Apaguen esa máquina!

La orden del capataz de wincheros nos pasó del bloqueo casi total a la impaciencia de saber que sucedía. Cuando llegamos a la borda de estribor, los pintores, sobre sus andamios colgantes, apoyaban sus rodillos en los baldes. Arriba, en el puente, el patrón tenía un gesto impaciente.

- ¡Desconecten la corriente!

- ¡Ayúdenlo, carajo! ¡Qué mierda están esperando!

Un tipo corría hacia una terminal. Cuando llegó hasta las cuchillas eléctricas, tiró de diferentes cables tratando de arrancarlos. Los gritos continuaban y el pánico iba creciendo. Llegaron otros dos más y empezaron a jalar una maraña de cables.

Bajé a toda prisa, en medio de un mar de lanchas sobre el patio del varadero, y corrí hacía el lugar del incidente. Junto a mí, el cocinero y el motorista de la nave que estábamos reparando, también se acercaron.

Bordeamos la otra nave. Detrás de ella, en el lado babor de su casco, junto a la quilla, el viejo soldador se retorcía como un títere, atrapado por sus propias manos, sin guantes. Una de ellas, pegada a la plancha de fierro del casco. La otra se sacudía sin despegarse de la tenaza del arco eléctrico.

De pronto, en cuestión de segundos, aquel lejano varadero dejó de ser bullicioso. Los martillos cesaron de golpear. Los areneros apagaron su equipo por un momento. Carpinteros, electrónicos, sonaristas... todos detuvieron su trabajo por un instante. El silencio, que invadió como un desierto asfixiante toda la zona de trabajo, fue rasgado solo por gritos de desesperación provenientes de todos lados.

Un winchero se acercó hasta el viejo soldador y trató de arrancarle la tenaza. Éste que aún resistía de pie, cayó finalmente al piso y su cuerpo empezó a agarrotarse. Su rostro empezó a tornarse oscuro y sus ojos se abrieron con perdida desesperación. El winchero se separó por un instante, luego volvió a intentar arrancarle la tenaza de las manos, pero esta vez tirando del cable que la sostenía sin mayor resultado.

Cuando finalmente, en el tablero de cuchillas se logró liberar el último cable de las máquinas, el viejo soldador había dejado de moverse. Su mirada, extraviada en algún lugar indefinido fue copiada, durante un segundo, en las retinas de quienes habían grabado su final.

Un minuto después, el médico del tópico llegaba resoplando tras una acelerada carrera se abrió paso entre los hombres que rodeaban el cuerpo. El laberinto de los sudorosos obreros, sucios por el óxido de los fierros o la pintura en sus ropas, bajo el sol extraño de mediodía; lucía silencioso y sin esperanzas. El galeno intentó mover la cabeza del viejo soldador, pero la rigidez que encontró le hizo girar el mentón.

- Ya no se puede hacer nada por él.

Lentamente, como una desamparada caterva de sombras, los hombres regresaron a sus puestos de trabajo y el varadero retomó su habitual monotonía.

Y mientras temblorosamente encendía el soplete para continuar recortando la plancha que debíamos cambiar en el casco de la bodega, el terrible final de aquel viejo volvió a mi mente, como un latigazo salvaje de terror.

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